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MUJER ÁNGULO


Yo qué sé de oídos mudos, si acaso el perfil
de una boca contenida, el cabello recogido que desnuda el cuello, la silueta perdida de un cuerpo isósceles.
Qué sé yo, si donde nacen las avispas hay un sonido de lluvia que por las noches aguijonea sombras lilas.
Pero qué bien para la piel el baño de tus ojos derramando violines, el rubor de mis senos dentro de tus manos, esta luz resbalando como un llanto oblicuo.
¿Qué paredes rotas? No, solo cortinas blancas, un tobogán, ardillas cerrando el postigo del viento.
Yo qué sé de remolinos, si acaso auroras locas con sombreros amarillos,    el olor tocando veinticuatro lunares, una palabra en mi ombligo.
Qué sé yo, si tu voz eriza el roce del vientre y se ha inclinado unos grados el mundo sobre mí…
transversal respingo convexo de clímax, de éxtasis, de vértice abierto y corrientes agudas.
En la tangente, una araña bebe leche.

Agua.


Filamentos sin garganta,
hilo denso de marionetas, variaciones, pasos perdidos. Yo no sabía que vendrías
a vaciarme los ojos.
Abren su voz las nubes
y empiezo a escuchar inviernos, serpientes muertas, la muchedumbre de tu lluvia. Velo translúcido que cae como un líquido viscoso amontonando cartílagos en las barandas de los tranvías.
Oh, si existiera el mundo largo y no hubiera que contar heridas y yo supiera exactamente qué hacer con las gotas ovaladas de tu perfume mojado.
Pero, ven, empápame de cielo y sigamos rodando, giremos con el baile alborotado hasta arrancarnos el corazón; solo sirve para doler y salpicar de blanco las lámparas. Muérdeme, beso, los labios, infinita forma de atravesar el poso de animal herido que albergas en la mirada.
¿Cómo explicar eso que somos cuando ya a nadie le importa?
Quiero desbordarme, ser río que lama el sexo del agua, madeja de seda en la boca de un pez hermafrodita o ráfaga súbita que        arda y llore y entre a buscarte en el gemido.
Si no me bañase el recorrido de la lluvia…
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ABISMO
(Pesadilla 1)

Rojo cárdeno o violeta sangre…
el color de la calle cambia
con el ritmo de mis pasos.

Una mujer holograma
me entrega un bebé y sonríe
antes de desaparecer.
En mis brazos siento
su palpitar como un vínculo. Él y yo,
volando en una luz de gasa.
Relieves de espuma
acarician mi mejilla,
su pequeña nariz crea filigranas de tinta dorada que casi dibujan el secreto del sol pero una fina escarcha se adhiere a los brillos y deja rubíes blancos que arañan.
Entonces decido protegerle enloquecida de ternura, hasta chocar contra el viento. No son humanas las manos que me arrebatan su cuerpo redondo, solo advierto garras de muerte y la cordillera de una espalda que dice nieve y tiembla en la boca de todos los seres vivos.
Conozco la destreza que tienen los gusanos para modelar el espanto en los ojos de las calaveras.
Vago con mi tristeza sobre un pavimento de huesos y, sin embargo, todavía la luz –en su extrema delgadez–
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VERSA

Por qué me nace este nombre tuyo en la garganta,
Versa, cántame tus ojos nueve veces,
dime qué forma tienes cuando duermo,
si pliegas las líneas o bailas etérea,
cómo lograré preguntar por tu cuerpo
sin signos interrogantes,  cuándo me dirás si eres crujido…
Qué preguntas son estas, tan tarde y yo tan cansada y tú filtrándote en mis venas, descifrándome la vida íntima de la ciudad anochecida.
Ven, te confundo porque no tienes edad, anciana y niña, pregunto sin signos quién eres pero tú solo sabes responder símbolos y sentidos afilados que viven en el lado inverso de otro mundo.
Cuándo dejarás de abrocharle los botones al viento, Versa, de vestir con traje de rayas las estrofas encorsetadas para desnudar luego su luz en una triste esquina deshabitada, bajo el vidrio sin lluvia de tu voz.
Eres acaso la otra mujer que me completa, pregunto sin signos… tal vez sí; se te ha caído un hombre de los labios cómo a mí, y no sabes qué hacer, si abrazarle o simular descuido; él decide por ti, te da la espalda y se aleja…
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SESIÓN DE CINE

Nieva en la calle Hierro,
a la altura de los Cines Montesquieu,
donde un gato siamés sobrevive,
tuerto, a las sesiones en versión original de la Sala Seis.
Ronronean los semáforos sobre la nieve. En el parabrisas del coche se concentran todos mis errores como copos estampados, y el limpia los destruye con movimientos hipnóticos en la confluencia de las Avenidas Norte y Sur.
Aparco y entro. Aún no estás.
Llegarás tarde, empapado de nieve, y al sentarte a mi lado habrá un choque de trenes en Berlín, pero nosotros no nos enteraremos porque ya solo tendremos tacto y tal vez yo quiera rozarte el pelo despeinado con mis dedos, y quizá tú derritas la nieve con un aleteo de pez dulce que nadie sentirá en sus casas, mientras cenan o existen.
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DE PECES Y CIEMPIÉS

Hola
quiero decirte que
he matado
al ciempiés azul.
Fue a plena luz del día,
utilicé el peso (infernal)
que aplasta a cualquier ser.
¿Cómo estás?
Yo ahora soy de agua.
En mi aliento viven peces el mar huele a menta y hay preguntas rasgando como aristas de metal aquel resplandor nuestro.
¿Duermes más?
En el tercer peldaño del aire el tejido de mis sombras vagamente sueña en terciopelo.
¿Vives más?
Yo desaparecí sin saberlo se me despegó de imprevisto tu forma de quererme y ahora tengo peces en la lengua y el silencio que tanto me recriminaste y he matado al ciempiés azul porque se comió tus besos más lentos.
¿Sientes más?
Yo percibo un ruido
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NADA


Ahora que soy nada, prefiero llamarte Amor.
Aquí los colores no viven y la música tiene ojos de búho. Podría pensarse que sopla un poco de viento, pero no, es solo la ilusión que provoca el respirar a destiempo, como cuando el perfil de las sombras se levanta y no te deja amanecer y parece que hay una luz iluminando las emociones, pero no, solo hay nada. Una nada traída de algún país alto y atormentado por el eco de un pasado doloroso que la naturaleza imperante tuvo que eliminar de su memoria para que no se le desprendieran las azucenas… esto último es tan solo una hipótesis, una suposición sin fundamento, Amor, pero me gusta contarte historias que desde la nada suspiran por existir, como, por ejemplo, que mis manos te busquen en la noche y que mis ojos te miren obstinadamente por encima de los sueños y que mis labios sean una nada quejumbrosa poblada de deseos agrietados, casi ancestrales en su discurrir. Con tanto tiempo acumulado, me he convertido en hilo o catarata interminabl…

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