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VERSA

Por qué me nace este nombre tuyo en la garganta,
Versa, cántame tus ojos nueve veces,
dime qué forma tienes cuando duermo,
si pliegas las líneas o bailas etérea,
cómo lograré preguntar por tu cuerpo
sin signos interrogantes,  cuándo me dirás si eres crujido…
Qué preguntas son estas, tan tarde y yo tan cansada y tú filtrándote en mis venas, descifrándome la vida íntima de la ciudad anochecida.
Ven, te confundo porque no tienes edad, anciana y niña, pregunto sin signos quién eres pero tú solo sabes responder símbolos y sentidos afilados que viven en el lado inverso de otro mundo.
Cuándo dejarás de abrocharle los botones al viento, Versa, de vestir con traje de rayas las estrofas encorsetadas para desnudar luego su luz en una triste esquina deshabitada, bajo el vidrio sin lluvia de tu voz.
Eres acaso la otra mujer que me completa, pregunto sin signos… tal vez sí; se te ha caído un hombre de los labios cómo a mí, y no sabes qué hacer, si abrazarle o simular descuido; él decide por ti, te da la espalda y se aleja…
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SESIÓN DE CINE

Nieva en la calle Hierro,
a la altura de los Cines Montesquieu,
donde un gato siamés sobrevive,
tuerto, a las sesiones en versión original de la Sala Seis.
Ronronean los semáforos sobre la nieve. En el parabrisas del coche se concentran todos mis errores como copos estampados, y el limpia los destruye con movimientos hipnóticos en la confluencia de las Avenidas Norte y Sur.
Aparco y entro. Aún no estás.
Llegarás tarde, empapado de nieve, y al sentarte a mi lado habrá un choque de trenes en Berlín, pero nosotros no nos enteraremos porque ya solo tendremos tacto y tal vez yo quiera rozarte el pelo despeinado con mis dedos, y quizá tú derritas la nieve con un aleteo de pez dulce que nadie sentirá en sus casas, mientras cenan o existen.
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DE PECES Y CIEMPIÉS

Hola
quiero decirte que
he matado
al ciempiés azul.
Fue a plena luz del día,
utilicé el peso (infernal)
que aplasta a cualquier ser.
¿Cómo estás?
Yo ahora soy de agua.
En mi aliento viven peces el mar huele a menta y hay preguntas rasgando como aristas de metal aquel resplandor nuestro.
¿Duermes más?
En el tercer peldaño del aire el tejido de mis sombras vagamente sueña en terciopelo.
¿Vives más?
Yo desaparecí sin saberlo se me despegó de imprevisto tu forma de quererme y ahora tengo peces en la lengua y el silencio que tanto me recriminaste y he matado al ciempiés azul porque se comió tus besos más lentos.
¿Sientes más?
Yo percibo un ruido
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NADA


Ahora que soy nada, prefiero llamarte Amor.
Aquí los colores no viven y la música tiene ojos de búho. Podría pensarse que sopla un poco de viento, pero no, es solo la ilusión que provoca el respirar a destiempo, como cuando el perfil de las sombras se levanta y no te deja amanecer y parece que hay una luz iluminando las emociones, pero no, solo hay nada. Una nada traída de algún país alto y atormentado por el eco de un pasado doloroso que la naturaleza imperante tuvo que eliminar de su memoria para que no se le desprendieran las azucenas… esto último es tan solo una hipótesis, una suposición sin fundamento, Amor, pero me gusta contarte historias que desde la nada suspiran por existir, como, por ejemplo, que mis manos te busquen en la noche y que mis ojos te miren obstinadamente por encima de los sueños y que mis labios sean una nada quejumbrosa poblada de deseos agrietados, casi ancestrales en su discurrir. Con tanto tiempo acumulado, me he convertido en hilo o catarata interminabl…
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TÉ DE TI



Disueltos en agua, tus ojos contienen la mirada interminable
que redondea el horizonte.

Verde mariposa
Metamorfosis. El análisis minucioso de tu boca. Queda claro que, al beberte, me nacen alas, y te estudio los labios con el vuelo de mi cuerpo. Desmenuzo hilos de liquen en el calor que desprendes
y soy mariposa verde, revoloteándote. He mirado las acepciones de la palabra Sueño en los espejos brillantes de un laberinto y ninguna me señala el camino a escoger.
Si me detengo a contar los cielos que caben en la piel de un sentimiento quizá nunca comprenda su significado.
Cadencia blanca
Yo. Hojas y brotes. Recolecto las yemas de mis dedos con Pureza, palabra de diez cielos y un nenúfar encantado que impide al dolor oxidarse lento. Los suspiros acogen tristezas desvanecidas en el espacio oscuro de la risa, y se me cae la inocencia al lamer la cuchara por la que te escurres
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Respiro.

Consigo los pómulos de Jennifer Jones en un bazar de falsificaciones y los uso como promontorios para mis lágrimas, descubro una flor de plata entre los jirones de este dolor lacerante… y olvido pensar mientras me como un helado de chocolate sin mancharme, al lado de un chico que escucha música trap y fuma cenizas de tiempo sin que sepa que el tiempo es una valquiria desnuda y armada… respiro, y pongo un imperdible en la solapa de la tarde para que me conduzca sin extravío por sus arterias de nube y de humo; las siete y media, respondo a un hombre de ojos verdes que me ha preguntado la hora en la parada del autobús, consciente de que pronto los cristales de la ciudad se cubrirán con el último sol… y qué alivio sentir una lluvia azulada en la cara ahora que lo que duele es no entender por qué duele, ni conocer el motivo que lo provoca, si acaso, el silencio; me alimento de sueños y no desvelo a nadie que me rindo fácilmente, que solo lucho para obtener un espacio seguro en mi m…
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NUEVE PASOS

Los veranos de mi infancia siempre comenzaban con el viaje al pueblo. Mamá vaciaba medio armario en varias maletas, las metía en el maletero del coche y colocaba la silla de ruedas de mi hermana pequeña encima. Nosotras íbamos sentadas en el asiento de atrás, vestidas con canesús de punto y preguntando minuto a minuto cuánto faltaba para llegar. Cuando al fin avistábamos la casa de los abuelos, tocábamos el claxon y ellos salían a recibirnos.
La abuela pintaba cuadros. El abuelo era zapatero.
Después de un par de días, mamá nos embadurnaba de besos, se montaba otra vez en el coche, y desaparecía. No volvíamos a verla hasta septiembre.
En el pueblo brillaba la cal, el color añil y un río transparente.
Y parecía que en el estudio de la abuela se concentraban el resto de los colores; de sus pinceles salían mujeres fucsias, candelabros verdes o montañas doradas; los cielos lucían estampados y los árboles se elevaban puntiagudos, ribeteados con trazos más espesos de pintura. La ca…

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